¿Te pego porque te quiero?

Estoy segura de que en algún momento escuchaste la frase: “te pego porque te quiero”; es increíble, pero toda nuestra estructura y educación (en la mayoría de los casos) ha sido bajo este pensamiento. No es una frase exclusiva de mujeres que son víctimas de violencia, sino quienes fuimos educados con “mano dura” también lo hemos vivido.

Quizá hemos escuchado a nuestros padres decir “yo no fui a una escuela para ser padres”, “es que si te portaras mejor no te daríamos nalgadas para que entendieras”…, o algunas otras frases que nos han dicho para justificar esta violencia. Es cierto que no todos han sido corregidos con nalgadas o golpes, pero sí la mayoría fuimos educados bajo el sistema de “te corrijo porque me importas”, “si te regaño es porque es por tu bien”, “algún día me vas a entender o hasta agradecer”.

Éste tipo de ‘educación’ tiene grandes repercusiones a largo plazo, tiene que ver mucho con la manera en como entendemos el mundo, incluso con nuestra personalidad y forma de ser. En primera, provoca confusión y sufrimiento a quienes son incapaces de decodificar éste mensaje, es decir, cuando somos niños no pensamos en que nos quieren corregir, sino en que nos están lastimando; aunado a esto, en ocasiones hay padres que culpan a sus hijos el haberles pegado: “si te portaras bien…, si fueras un buen hijo…”, llenando al niño de confusión.

Asimismo, produce incongruencias en el comportamiento, permitiendo abusos en la integridad de la persona que está sufriendo los abusos. De pequeños, nos cuesta trabajo comprender por qué mamá o papá ‘que nos quieren demasiado’, nos violentan y al mismo tiempo, somos incapaces de defendernos porque 1) siempre nos dicen que debemos respetar a los adultos porque ellos son la figura de autoridad, y 2) también tenemos la idea de que ellos saben lo que hacen por el simple hecho de ser adultos, entonces “ellos tienen la razón”.

De esta manera; cuando somos adultas y alguien nos violenta, se lo permitimos porque tenemos tan arraigada la idea de que “es por nuestro bien” o “porque nos quieren”. Es muy sencillo para una persona que no sufre violencia comentar “ay, si tu pareja te pega es porque quieres. Déjalo, búscate a alguien mejor”. Sin embargo, para quienes lo viven, es complicado, es un proceso que necesitan hacer consciente.

Primero, el aceptar que su pareja es violenta y eso no tiene nada que ver con ella, entonces necesita darse cuenta del daño que está viviendo en ese momento, que la persona no va a cambiar, sim embargo, la persona dañada sí puede terminar con esa relación peligrosa. Todo esto depende de un proceso que le ayude a cambiar esas ideas que la mantienen en esa relación de violencia: no solo se da con la familia, sino con la pareja, los amigos, el trabajo, o los diferentes sistemas en los que se mueven.

Por tal motivo, si tienes hijos, busca una manera de ayudarles a comprender como son las reglas que se han establecido en la familia, involúcrales en las actividades en las que puedan aprender y comprender por qué se dan ciertas situaciones cuando tu intención es protegerles. Experimentar violencia durante la niñez es un factor de riesgo para la depresión, la ansiedad y otros trastornos que se desarrollan durante la adultez. Y para terminar, me gustaría compartir una frase que me leyó mi hermana hace unos días: “Sanate tú primero, para que cuando tengas hijos, ellos no tengan que vivir lo mismo que pasaste tú y tampoco necesiten buscar una salvación”.

Del pensamiento al hecho … hay mucho trecho.

De un tiempo para acá las noticias me tienen muy triste, enojada y debo reconocer que he llegado al cansancio por una situación que he vivido recientemente. Me duele enterarme que la policía abusa de las personas, pero ¿quién abusa de ellos?, ¿por qué actúan de esa forma pudiendo llegar a un acuerdo?, desafortunadamente en México, el ambulantaje es uno de los medios más comunes por los cuales las personas subsisten. Desconozco la situación jurídica por la cual se obra, sin embargo desapruebo la acción innecesaria de destrozar tu puesto llegando a la humillación sólo porque “es su trabajo”, lo más doloroso para mí es darme cuenta que somos incapaces de respetar, incapaces de empatizar y comprender a otro ser humano.

No me gustaría decir que pensaran en “cómo fuera la situación si les pasara a alguno de ellos” o de ustedes -que me leen- porque eso sería fomentar la idea de que: necesitas pasar por una situación similar para poder “ponerte en los zapatos” de otra persona y también es algo con lo que no estoy tan de acuerdo.
Entonces me di cuenta de algo: no son las noticias o los actos los que me tienen triste y/o enojada; soy yo quien desde el dolor de aquellos que han sufrido abuso y humillación por parte de la autoridad sufro al acompañar a las personas que lo han vivido en carne propia.

Entonces estoy hablando desde mi enojo, mi tristeza, la impotencia, mi desagrado y mi esperanza de que la situación cambie y no sólo las noticias, sino una discusión con una persona muy cercana cuyos diálogos e identidad omitiré porque no son necesarios, me llevó a ser consciente de dos cosas principalmente:
1. Estoy harta de escuchar la expresión “el respeto se gana”, porque no es así, las personas MERECEN respeto, no importa quien sea, si ha estudiado, en qué trabaja, su forma de ser, su religión, sexualidad, sexo o su preferencia sexual, si te cae o no bien. Merecen respeto por el simple hecho de ser humanos, así que no tienen que ganarse el respeto de nadie, y no quiero que se me malentienda.


Como decía Aristóteles, eres una persona respetuosa o eres una persona que tiene una actitud respetuosa. Es decir, si con algunos eres respetuoso pero en ocasiones no lo eres, entonces solo practicas el respeto basado en tu convencionalismo. Me parece ya bastante triste que tengas que recurrir a discursos como “es que ella/él no tiene estudios, no trabaja, creo que no se merece mi respeto” y el que considero peor: “él/ella fue irrespetuoso conmigo primero” como si tuvieras que actuar como un espejo de sus acciones.

2. Otra cosa que me di cuenta, es que las personas son más crueles e hirientes con sus palabras, o como dijera Víctor Frankl “lo que más duele es el insulto”, es cierto que me duele cuando me dicen cosas con la intención de lastimar, pero en esta ocasión, me dolió más mi incapacidad de levantar la voz por aquella persona que ofendieron en mi presencia.

Estoy cansada de los juicios de valor que son utilizados con tanta naturaleza, esos comentarios que parecen ‘inofensivos’ -y que he sido más capaz de identificar-, estoy cansada de que con base en la ideología de una persona se atreva a juzgar e imponerse ante la realidad de otro ser humano. Me gustaría terminar invitando nuevamente a la reflexión, todo lo que dices puede lastimar y condenar a otra persona, no necesitamos saber la historia de cada individuo para evitar juzgarle, lo que pensamos nosotros sobre alguien más es solo eso, un pensamiento nuestro y nada tiene que ver con la otra persona, es decir: ellos no son nuestros pensamientos.

Necesitamos dejar de asumir cosas solo porque las pensamos, naturalicemos el escuchar para empatizar antes de pensar y pensar antes de asumir, hablar y lastimar. 

¿¡DICHOS O MACHISMOS!?

El lenguaje es una parte fundamental durante el desarrollo de las personas, ya que cada persona crece con base en la comunicación que hay en las relaciones que existen en su contexto. El lenguaje es importante, ya que con este podemos construir, destruir, cambiar o bien, perpetuar los estereotipos sociales que fomentan la desigualdad de género (entre hombres y mujeres).

A través de las palabras que utilizamos o de nuestro discurso, podemos ver el mundo y entenderlo de una manera, asimismo le damos valor a una persona, una situación o un grupo de personas. Este lenguaje entra dentro de la cultura, la construye y es importante señalar que así se representa la diferencia sexual, se crean los géneros, creencias, prácticas y símbolos que constantemente dan sentido a las diferencias entre los hombres y las mujeres, justificando así la desigualdad.

Nuestra educación y aprendizajes son como una red interna que va tomando fuerza a través de la convivencia y con el uso cotidiano de frases como: “último en llegar es una gallina”, “golpeas como nena”, “los hombres no juegan muñecas”, “la mujeres no se enojan”, “gritas como niña”, entre otros, son solo estereotipos que vamos adquiriendo desde pequeños, haciéndolos parte de nuestra ideología.

Este tipo de frases llevan implícita la educación machista, no solo fomenta el “deber ser” de hombres y mujeres, sino que también un rechazo hacia el ser femenino; por ejemplo: “los hombres no lloran”, entonces las mujeres sí lloran y si un hombre llora es sinónimo de debilidad al ser similar a una mujer, por lo tanto pierde su masculinidad. Otra frase muy común como lo ejemplifica De la Garza y Derbez, “es ‘calladita te ves más bonita’, ya que por un lado pretende mantener callada a las mujeres y promueve la idea de que lo importante lucir bonita” (2020: p.28).

No solo tenemos frases que evidencian la manera en la que el lenguaje representa y refuerza el sexismo en la cultura mexicana; también hay muchos refranes que son transmitidos de generación en generación que de igual manera nos mete la idea del rol que cumplen hombres y mujeres en la sociedad. Por ejemplo: “Más vale que digan: aquí corrió una gallina, y no, aquí murió un gallo”, “No llores como mujer lo que no supiste defender como un hombre”, “Detrás de un gran hombre, hay una gran mujer”, “La mujer como la escopeta, siempre cargada y detrás de la puerta”, “Lo más lindo de ser mujer, es ser mamá”.

Podría continuar con más frases y dichos que usamos en la cotidianidad sin darnos cuenta del contenido que estamos compartiendo con alguien más, ya que hay dichos que insinúan la violencia en contra de la mujer: “A la mujer y a la burra, cada día una zurra”, porque desconocemos la manera en que quien lo escucha vaya a reaccionar y a tomar el comentario.

Necesitamos detenernos a pensar en lo que estamos diciendo, las palabras que utilizamos en nuestro día a día, las frases que escuchamos de alguien más y las connotaciones que estas conllevan, para empezar un análisis que nos permita disminuir prejuicios, ideas y hasta prácticas que reproducen la discriminación hacia las mujeres y limitan a los hombres a experimentar sentimientos y emociones.

Referencia: De la Garza, C. y Derbez, E. (2020). No son micro. Machismos cotidianos. México. Grijalbo.

¡MUJERES!

Intento recordar cuando fue la primera vez que escuché la frase “la peor enemiga de una mujer, es otra mujer”, creo que no era tan común escucharla hasta que entré a la secundaria; muchas maestras o algunas compañeras decían lo mismo, incluso las relaciones entre mujeres a esa edad empezaba a ser un poco complicadas, venía un poco de rivalidad entre nosotras, no solo por la cuestión académica y el tipo de programas “por competencias”, sino empezaban a ser más marcadas las comparaciones y los estereotipos.

Culturalmente, existe la creencia de que las mujeres no podemos ser amigas porque siempre nos estamos criticando, comparando, “porque somos traidoras” y envidiosas por naturaleza. Entonces se nos ha dicho de muchas formas que “la peor enemiga de una mujer, es otra mujer”, porque entre nosotras nos ponemos bloqueos para impedir que progresemos, que un chico “volteé a vernos”, porque “una tiene mejor cuerpo que otra”, etc. Como lo menciona De la Garza y Derbez: “nunca escuchamos que un hombre es el peor enemigo de otro hombre, aun cuando entre ellos existen agresiones constantes que llegan a ser mortales” (2020: p.103).

Nos han bombardeado de información en casa, la escuela, el trabajo, revistas, programas de TV, películas, redes sociales, en donde nos enseñan que las relaciones entre mujeres son imposibles, porque jamás llegamos a ser honestas y “somos muy complicadas”, a diferencia de los hombres; ellos son leales y llegan a “cubrir” a sus amigos de cualquier cosa, como una infidelidad, entre ellos no existe la envidia y son solidarios.

Personalmente, a mí me parece una afirmación absurda, ya que desde que somos niñas se nos enseña a comportarnos de una forma para ser aceptadas o bien, para no ser “mal vistas”, cuando adoptamos esos estereotipos empezamos a ver a las mujeres como rivales, entonces planeamos sabotear a otras mujeres para demostrar que somos mejores. Pienso que no es más que el resultado de la educación patriarcal, en donde nos enseñan a rechazar la feminidad.

Es decir, es común escuchar “las mujeres son complicadas, son envidiosas, son posesivas, histéricas, si existe un goce de la sexualidad nos llaman putas, y si a una mujer le gusta un hombre y él busca a alguien más, le llaman zorra…” y muchos adjetivos que son solo constructos sociales, pero que desafortunadamente llegamos a creer y adoptar. Entonces nosotras al no ser “como se dice” nos sentimos diferentes, sin embargo al desconocer a otra mujer, creemos lo que se nos ha dicho todo el tiempo y creamos juicios de valor con base en nuestros aprendizajes.

Creo que las mujeres somos personas capaces de crear relaciones sanas, fuertes y lazos de sororidad con otras mujeres que pueden llegar a ser irrompibles, sentimos emoción ante los logros de otras amigas y específicamente de otras mujeres, sean cercanas o no. Es verdad que una mujer puede llegar a herir a otra, pero también puede hacerlo un hombre; o sea que en general las personas somos capaces de lastimar a otras personas, porque somos sentimentales, sensibles e impulsivas.

Entonces, necesitamos reflexionar la manera en la que valoramos a una persona, más allá del género, tenemos la posibilidad de traicionar o no, de agredir o no, de criticar o no, de ser leal o no, y así con cada una de nuestras acciones, podemos decidir qué queremos y pensar en qué consecuencias me trae lo que he decidido. No tiene nada que ver con que nosotras seamos mujeres, más bien, con lo que se nos ha dicho que hagamos con otras mujeres.

Bibliografía: De la Garza, C. y Derbez, E. (2020). No son micro. Machismos cotidianos. Ciudad de México: Grijalbo.

Soy quien soy

En algún momento de su vida se han preguntado: ¿quién soy? o ¿qué espero de mí?, hace tiempo en la escuela hice un ejercicio sobre la existencia; recuerdo que había una pregunta interesante: “¿Quién soy yo?”, la mayoría respondimos cosas como: “me llamo…, trabajo en…, yo estudié la licenciatura…, soy hija, soy mamá, soy hombre, soy mujer” y muchos adjetivos más que pudieran describir a qué nos dedicábamos o lo que nos gustaba hacer.

Recuerdo también la respuesta de una compañera que después de decir su nombre y edad continuó “soy mujer, soy madre, hermana, hija, soy psicóloga, trabajadora, también soy esposa y me encanta pasar tiempo con mis hijos”, después de escucharla, la maestra dijo algo que me impresionó mucho: “Entonces, si no fueras hija, hermana, madre, esposa, psicóloga, ¿dejarías de ser tú?”. Todos nos quedamos en silencio pensando en nuestras respuestas porque es realmente cierto: SOMOS NOSOTROS, MÁS ALLÁ DE LO QUE HACEMOS.

Esta frase despertó mi curiosidad sobre el ser, he pensado que es muy fácil describirnos dentro de los roles sociales en los que interactuamos todo el tiempo, es muy  sencillo decir que soy hija, estudiante, hermana, trabajadora, administradora, novia, esposa, etc. Lo complicado es describir quienes somos realmente si nos quitamos la estructura sociocultural, incluso, estamos conectados a esos roles que socialmente esperan que cumplas, sean de tu agrado o no.

Por ejemplo, interactuar en nuestro medio como hijas o hijos implica que hemos asumido una serie de detalles sobre la estructura de nuestra familia, las reglas que seguimos, incluso la manera en cómo siendo hijas/os respondemos a situaciones cuando es necesario, implica una subordinación y dependencia de la figura autoritaria materna/paterna. Entonces, hasta cierto punto, los roles nos presentan en la sociedad con ciertas características esperadas por los demás y ocultando otras características que nos conforman como personas individuales y diferentes.

Sin embargo, existen circunstancias críticas que nos impiden llevar un rol social “adecuado” y empezamos a responder de una manera más auténtica, es aquí en donde empezamos a actuar como nosotros y dejamos de actuar como se espera. A pesar de que los comportamientos son aprendidos individualmente en etapas del desarrollo y dependen del contexto, somos nosotros quienes vamos decidiendo de qué manera llevar nuestra vida. O alguna vez se han preguntado, ¿por qué no les gusta lo mismo que a su familia, amigos, hermanos?, ¿por qué su comportamiento es diferente a pesar de pasar por una situación similar?

Soy quien soy, más allá de lo que hago. Porque cualquier persona puede hacer lo que hago yo, pero no será igual, y eso no significa que sea un mal resultado o uno mejor, simplemente, más allá de ser estudiante, hija, hermana, soy una persona que responde ante situaciones de vida de una manera diferente que mis iguales y eso me hace única. Cada persona es un mundo diferente o como dice mi novio “un universo de posibilidades” y es maravilloso poder relacionarnos con otro ser a través de la intersubjetividad que nos conecta y nos hace humanos.

Entonces, nos somos una profesión, un rol social o una máquina laboral, somos seres humanos capaces de decidir, vivir y ser, no existe un forma correcta o incorrecta de mostrarnos, sino solo una manera auténtica de vivir nuestra existencia dentro del cuerpo que habitamos.

¿El tiempo o la vida?

Les propongo tomar unos minutos para pensar en las siguientes preguntas: ¿qué es más importante, el tiempo o la vida?, ¿qué disfruto más: aprovechar el tiempo al máximo o vivir la vida?, ¿el tiempo se pasa volando o es la vida la que se me está yendo?, y por último ¿cómo describirías tu vida en un día?.

Estoy casi segura deque la mayoría pensamos en la vida aunque las 24 horas del día no nos alcanzan para todas las actividades que queremos realizar entonces nos enfocamos en el tiempo, pero ¿no es paradójico que pasemos mucho tiempo, principalmente en la escuela y el trabajo para DESPUÉS darnos una gran vida…, o “la vida que merecemos”?.

Hace tiempo que pensaba en esta reflexión y no sé, había algo que me detenía para no continuar con esta idea en la mente. Siempre encontraba un gran pretexto para distraerme y pensar en algo más, algo diferente. Esta vez, me di cuenta de la importancia de esta reflexión porque me parece interesante como ahora que tenemos mayor tiempo libre (a causa de la cuarentena), nos rehusamos a disfrutarlo, a replantear nuestra vida.

¿Alguna vez se han arrepentido de no haber hecho algo porque no tenían tiempo en ese momento?, me parece importante la manera en que invertimos nuestro tiempo , asimismo responder a la pregunta: ¿qué estamos haciendo de nuestra vida? Porque todo aquello que podemos tener, nos tiene; pero aquello que somos va más allá del placer momentáneo que provoca el tener. Disfrutamos mucho lo material, pero muy en el fondo, sabemos que no será algo duradero.

Las personas nos esforzamos en progresar, salir adelante, conseguir más cosas y acumular muchas otras, pero muy pocas veces nos detenemos a pensar ¿por qué? o ¿para qué? parece no importarnos mucho, pero ¿por qué estamos tan preocupados en nuestras posesiones y descuidamos quienes somos o cómo nos sentimos?, es decir, ningún sueldo, por muy bueno que parezca compensa todo el desgaste que le causamos a nuestro espíritu. Entonces, sería muy bueno pensar en qué queremos para nuestra vida: si un trabajo que se robe nuestro tiempo y consuma nuestra energía o una vida en la que disfrutemos nuestro tiempo con lo justo, o sea solo aquello que necesitamos.

¿Por qué nos esforzamos tanto en conseguir infinidad de cosas pasajeras para disfrutar la vida, mientras que sin darnos cuenta la vamos perdiendo sin apreciarla hasta que nos acercamos a la muerte?, las personas somos seres finitos o como se dice “tenemos una fecha de caducidad” y al parecer no la aprovechamos lo suficiente, por eso en ningún momento queremos que llegue nuestra muerte. Pasamos tiempo pensando en como mejorar nuestra vida (la mayoría de las veces de manera material) y menos en como integrarnos más con las personas, creo que a la larga, es mejor mantener nuestras relaciones interpersonales sanas y cerca que la acumulación de cosas que se descomponen o pasan de moda.

Necesitamos tomarnos un tiempo para reflexionar en como estamos con las personas que nos rodean , llenarnos de experiencias únicas y placenteras ya que a final de cuentas, ¿cómo se aprende a vivir, a ser y a existir con el medio para llenarnos de alegría y armonía? Porque al final del día y después de todo, no tenemos mucho tiempo para vivir nuestra vida.

Generación 2020

Probablemente el 2020 sea uno de los años más históricos y devastadores que hemos vivido, si hacemos un recuento rápido: desde que empezó el año, hubo un ataque de USA contra Irak, seguido de los incendios y pérdida de biodiversidad en Australia. En marzo, el movimiento feminista tuvo un gran impacto para luchar por igualdad y equidad de género, muchas mujeres estuvimos en nuestra casa para respetar “el día sin mujeres” y después hubo una marcha para conmemorar el día de la mujer.

Continuaba el movimiento cuando empezamos la cuarentena, un virus que estaba causando desastres en todo el mundo y que empezando en China, empezó a  propagándose por todos los países, hasta que finalmente llegó a México: se nos pidió permanecer en nuestra casa al principio 15 días, después un mes y así hasta que llegamos a los casi 130 días de aislamiento y no teníamos idea de lo que venía, el enfrentarnos con algo desconocido que estaba atacando a la población.

Empezó un nuevo movimiento que busca erradicar la discriminación y el racismo, nuevamente este movimiento se vio reforzado por muchos estados y países que buscaban la igualdad de derechos y reconocimiento como personas más allá de su color de piel. Tiempo después, se despertó el movimiento en pro de la diversidad sexual y la comunidad LGBTIQ+, buscando la protección hacia la comunidad y específicamente para las personas transgénero.

Definitivamente, el covid-19 ha traído muchas cosas negativas y positivas a su paso y también ha sido un tiempo lleno de cambios personales, laborales, familiares, de pareja; hemos tenido tiempo para compartir más con nuestra familia e incluso, para conocernos y reflexionar sobre el rumbo de nuestra vida.

Asimismo, la pandemia ha significado la pausa abrupta para la educación mundial, las escuelas se vieron en la necesidad de cerrar para dar continuidad al aprendizaje mediante clases en línea. El último año es probablemente el más crucial para los estudiantes, pues significa el final de un ciclo escolar más y a muchas personas les ha tocado o nos tocará graduarnos durante el confinamiento.

He visto muchos memes acerca de las generaciones que terminan en el 2020, ha sido motivo de risas y también de nostalgia. Para quienes terminamos este año nos enfrentamos a un proceso de duelo porque a mediados de marzo fue la última vez compartimos un salón de clases con nuestros amigos y compañeros. A pesar de vernos de manera virtual, la interacción ha sido muy diferente, nos olvidamos de las comidas todos juntos, ya no regresaremos a la escuela, tampoco habrá ceremonia de graduación, no tomaremos nuestra foto final de recuerdo con una toga y ni hablar de una convivencia para festejar.

Es triste pensar en que ni siquiera tuvimos la oportunidad de despedirnos y cerrar juntos este ciclo escolar, simplemente salimos de clase pensando que posiblemente regresaríamos en junio o julio, manteníamos la esperanza de regresar y tomar aunque sea el último mes juntos. Sin embargo, conservamos la idea de reunirnos cuando finalice la pandemia.

Aunque no todo es triste, también es muy emocionante terminar un periodo escolar en casa durante la cuarentena, y digo emocionante porque nunca había pasado algo similar en mi vida, es cierto que no tendré una ceremonia de graduación como se hace tradicionalmente al terminar la escuela, pero ese no ha sido el fin de mis estudios sino un medio para el nuevo aprendizaje adquirido.

Necesitamos considerar que es más importante en estos momentos, una ceremonia de graduación o darle prioridad a la salud personal y colectiva. Porque es verdad que muchas veces esperamos ese gran momento al terminar, pero de igual manera, es necesario pensar en que nuestra generación probablemente sea la única que se vaya a graduar de manera virtual, desde la comodidad de nuestra sala y quizá utilizando un par de sandalias cómodas que nada tengan que ver con nuestro outfit, somos la generación que ha pasado por muchos cambios en un periodo de tiempo corto y aun así estamos terminando un ciclo escolar más.

No se trata de la ceremonia, sino de la satisfacción de lograr un periodo estudiantil en nuestra vida a pesar de los sucesos que han ocurrido a lo largo del año. Formamos parte de una generación histórica, única y que no podrá ser comparada con alguna otra y por eso, a mí me alegra mucho ser de la generación 2020.

La muerte de la reciprocidad.

¿Se puede vivir dando sin esperar algo a cambio?. Desde que tengo memoria, he pensado que todo se trata de reciprocidad; sobretodo en una relación, estaba casada con la idea de dar y recibir a la par como equilibrio, parte de la igualdad y estabilidad en mis relaciones.

Sin embargo, últimamente hay una idea diferente que está dando vueltas en mi cabeza y es que pienso que ya no creo más en la reciprocidad. Quiero aclarar que mi visión de recíproco es: “algo que das a otra persona y esperas recibir de igual medida a pesar de ser algo diferente”, o sea que existe una correspondencia mutua entre dos o más personas. Pensaba por ejemplo, que si daba mi amistad incondicional, esperaba recibir lo mismo; si daba amor, recibiría amor. Pero me he dado cuenta que no es así; y que para mí, esa idea o actitud de reciprocidad ha muerto. Es decir, ¿necesitamos recibir algo a cambio cuando decidimos dar algo?, ¿es que no podemos dar sin esperar algo de la otra persona?.

Si lo reflexionan conmigo, cuando doy algo porque me nace, no espero que la otra persona me de algo de regreso, o sea quise darlo porque me nació, no porque espero recibir algo a cambio. Entonces, si das algo esperando recibir otra cosa, es mejor cuestionarse ¿para qué lo estoy regalando?, ¿no sería mejor pedirlo o auto-regalármelo?.

Por más que le doy vueltas a este pensamiento; me lleva a una conclusión, pensar en las responsabilidades, es decir, si a mi me nace dar algo (de corazón y sin esperar algo a cambio) esa es mi responsabilidad y mi decisión, entonces no tienen nada que ver con la otra persona. Si en cambio, esta persona lo acepta, le gusta, no le gusta, lo regala, lo vende, lo usa, lo cuida o me regala algo de vuelta, esa es su decisión y su responsabilidad y nada tiene que ver conmigo.

Ahora, si lo planteamos desde una visión dentro de la relación; si tu le das a tu pareja obsequios esperando a recibir algo más a cambio, sería interesante conocer el concepto que tienes sobre el amor. A diferencia de que si tu le escuchas, le acompañas y ella/él no te corresponde, entonces necesitas decidir si quieres estar en una relación así o mejor te alejas, y hacerte responsable de las consecuencias, sean positivas o negativas.

Es muy común escuchar que “das lo que recibes” pero también me parece una sandez, no das lo que recibes, das lo que eres y es tu decisión si aceptas recibir lo que da y es alguien más. Por eso, yo he decidido olvidar la reciprocidad y vivir con la idea de autodeterminación y lo que conlleva la responsabilidad de mis decisiones.

Mis redes sociales sí me representan.

“La proyección consiste en la tendencia de hacer responsable al ambiente de lo que pasa en uno mismo” – Fritz Pearls

Cada vez que entro a Facebook, Instagran o Twitter es muy común, al menos en mi TL leer comentarios y publicaciones tipo: “Mis redes sociales no me representan”, “Lo que publico no tiene nada que ver conmigo” o cosas similares que llevan el mismo mensaje: Publico algo pero eso no tiene nada que ver con la persona que soy yo realmente. Me parece muy interesante que esa idea es compartida y retuiteada por muchas personas que coinciden en que “sus redes sociales son algo diferente a lo que son en persona”.

¿Será cierto que el contenido que compartimos, al que reaccionamos de cualquier manera dando me gusta, me divierte, me enoja, me entristece…, a lo que le damos RT, o cualquier interacción que pueda existir entre el contenido con nuestra red social, no tiene nada que ver con nosotros?, tal pareciera que el mundo interpreta que como te comportas en redes sociales, lo harás en la vida real también y quizá por eso existe una tendencia a negarlo.

Desde una perspectiva psicológica, las proyecciones son estados que no aceptamos e incluso reprimimos y que necesitamos liberar. Por lo general, estas proyecciones son características que nos son difíciles de aceptar como propias y por ende, las rechazamos. Nuestra vida está rodeada de proyecciones, ya sea de forma positiva o negativa, por tal motivo, considero importante ser plenamente conscientes de de cada emoción, cada proceso, nuestra realidad y de cada conflicto interno que tenemos para reconocernos.

Si nuestras redes sociales no nos representan, por qué compartimos fotos personales, memes que nos dan risa, notas que nos cusan enojo, tristeza o cualquier otra emoción. Cuando compartimos una imagen, un video, un comentario, una idea o decidimos simplemente dejar nuestra reacción es porque nos movió, proyectamos algo de nosotros, ese material que compartimos tenía “algo” que nos llevo a hacerlo parte de nuestro contenido a través de un clic en “compartir ahora”.

Entonces, aunque queramos negar nuestras páginas y por más que digamos que el contenido que compartimos es “por que sí”, las publicaciones que hacemos y compartimos son específicas, es momento de que dejemos de decir que “no puedes conocer a una persona por sus redes sociales” porque realmente, aportan más información sobre las personas de lo que podemos imaginar, por eso, es momento de tomarnos un tiempo y pensar ¿para qué compartimos lo que compartimos? y considerar ¿qué de mí hay en esa publicación o por qué me mueve?.

Dejemos de exteriorizar lo que nos corresponde y hagámonos responsables de quienes somos, es mi Facebook/Instagram/Twitter y sí me representa, porque el contenido que publico y comparto ha causado algo (una emoción: risa, tristeza, enojo, compasión…) en mí, por ende es parte de mi persona y por lo tanto me representa.

Crónicas de Lasallistas en casa.

En esta ocasión, quiero publicar una reflexión que tuve el gusto de compartir con la Universidad La Salle Oaxaca, en donde permiten expresar la manera en la que estamos viviendo la pandemia en nuestras casa y las reflexiones que hemos tenido durante el aislamiento.

Hace tiempo leí una imagen de un joven que veía a unos niños jugando fútbol y pensaba “quien diría que algún día mis amigos y yo nos despediríamos sin saber que esa era la última vez que saldríamos a jugar así”. Esa idea ha estado dando vueltas en mi mente últimamente, nunca pensé que el 14 de marzo sería el último día que estaría con mis compañeros compartiendo un salón de clase.

Me di cuenta que el dicho “la vida cambia en un segundo” es muy cierto, normalizamos tantas cosas, que las dejamos de valorar. En mi caso, era común asistir a clase viernes y sábado, comíamos todos juntos y las clases eran increíbles al lado de mis compañeros. Los maestros nos preguntaban que cómo nos sentíamos al saber que en agosto terminábamos la maestría, y era tan emocionante imaginarnos en la graduación, que pasábamos la mitad del desayuno planeando una comida después de la ceremonia.

No estaba en nuestros planes el cambiar de la emoción y los nervios, a la nostalgia, en un poco más de un mes terminamos la maestría y pasamos de planear una gran comida juntos, a una videollamada para festejar desde nuestras casas y compartir nuestro momento. Pero no todo es negativo, nos hemos adaptado muy bien a la nueva modalidad en línea y como en mi salón somos 5 personas, también tenemos la opción de tener clases personales con los maestros para aclarar dudas.

He pensado en lo paradójico que es ahora, antes nuestra comunicación era más impersonal mediante la tecnología a pesar de poder reunirnos y acercarnos con las personas, y ahora que lo tenemos casi prohibido por las recomendaciones de salud; lo que más buscamos es vernos, poder estar con las personas y deseamos que termine la pandemia para poder reunirnos. Así mismo, las noticias nos dicen como la naturaleza ha empezado a mejorar, como los animales regresan y eso me hace pensar en el daño que nosotros (como seres humanos) causamos, alejando animales, lastimándoles, como si no los necesitáramos o no fueran parte de nuestra existencia. Una vez más, nos damos cuenta de que no tenemos el control sobre la naturaleza, y tal vez, tampoco lo necesitamos.

Personalmente, este tiempo me ha servido para reflexionar sobre temas que considero necesarios, como lo afortunada que soy y que me siento de tener un espacio que me protege a mí y a mi familia  de los cambios de clima durante esta temporada (lluvias, calor, frío…), que mis papás tienen un trabajo estable que les permite cuidarse durante el confinamiento y un sueldo seguro que nos permite mantener una alimentación diaria. Me da mucha tristeza pensar en las personas que se ven en la necesidad de salir y enfrentarse con esta realidad, también lo duro que es para mí que lo más que puedo hacer por el momento es consumir productos locales, apoyar a las personas que pasan casa por casa vendiendo y compartiendo despensa con personas que se acercan y podemos apoyarles de esa manera.

Otros temas que he reflexionado, son los movimientos sociales que se han fortalecido últimamente; por ejemplo, la lucha contra el racismo, la lucha feminista contra la violencia de género y más reciente: el movimiento a favor de la diversidad sexual y la vida trans. Pienso que la misma cultura nos ha educado para mirar la banalidad de las personas; como su religión, su sexualidad, la edad, procedencia, economía…, y muchas cosas más que nos llevan a olvidarnos que estamos tratando con personas que son seres humanos al igual que nosotros.

Es decir, ¿por qué es tan importante saber qué color de piel tiene una persona?, ojalá la discusión que hay sobre el racismo se enfocara más en reconocer como esa idea que tenemos tan arraigada es parte de la forma en como entendemos el mundo y nos dedicáramos menos a decir quien es racista y quién no. De igual manera, ¿por qué nos preocupa tanto conocer la orientación sexual del otro?, me da tristeza pensar que somos incapaces de estar y acompañar a una persona por el simple hecho de que ellos también son y están aquí.

Entonces, ¿es necesario que le ocurra algún problema difícil a una persona cercana para poder empatizar y apoyar a alguien que no conocemos?, siento que aún estamos a tiempo para aprender que la empatía no es ponernos en los zapatos de alguien más, sino comprender que a pesar de las dificultades y que desconozcamos a los demás, estamos ahí para escucharles, apoyarles y acompañarles. Me gusta pensar que la pandemia es un proceso al que nos enfrentamos para darnos cuenta y dedicarnos a las personas y cosas que realmente valen la pena vivir.

Referencia:

Gallegos, M. (08/07/2020). Crónicas de Lasallistas en casa. Universidad La Salle Oaxaca. Recuperado de: http://noticias.ulsaoaxaca.edu.mx/index.php/2020/07/08/cronicas-de-lasallistas-en-casa-araceli-gallegosmaestria-en-facilitacion-para-el-desarrollo-humano/